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Historia de Clorinda » José Fernández Cancio


Entrevistas en la Historia José Fernández Cancio: un hombre de la selva

El aventurero asturiano, nacido en Taramundi en 1870, marchó a explorar y colonizar la región del Chaco paraguayo recién cumplidos los 17 años y nunca más regresó.

José Ignacio GRACIA NORIEGA

Un libro de publicación reciente, «Ibarreta, el último explorador. Tragedia y muerte en su expedición por el rí­o Pilcomayo», del periodista bilbaí­no José Antonio Dí­az, publicado por Miraguano, S. A. Ediciones (Madrid, 2004), recuerda, entre otros personajes verdaderamente singulares, al aventurero asturiano José Fernández Cancio, un clásico «hombre de la selva», que vivió, a finales del siglo XIX y durante buena parte del siglo XX, con el empuje de un conquistador de los que fueron con Hernán Cortés o con Francisco Pizarro, con Pedro de Valdivia o Juan de Garay, y que, después de haber luchado bravamente contra la naturaleza y contra los indios, decidió quedarse en las tierras conquistadas como explorador, primero, y como colonizador, más tarde.

Fernández Cancio, a quien Ví­ctor Garcí­a Costa califica, en un artí­culo sobre «Los asturianos en la vida argentina», como «un constructor incansable», merece una biografí­a, sin duda más interesante y movida que cualquier novela. Pero antes de hacerle unas cuantas preguntas a nuestro paisano, digamos algo sobre el libro «Ibarreta, el último explorador», de José Antonio Dí­az.

Se trata de la biografí­a de un gran aventurero, y, dándose cuenta de la condición del personaje, el autor evita la tentación de escribir una biografí­a novelada, hí­brido totalmente innecesario las más de las veces, y, desde luego, en esta ocasión. ¿Para qué añadir apuntes de ficción a una biografí­a que ya es de por sí­ suficientemente novelesca? Acaso el apodo de «Livingstone español» resulte exagerado, y puede que, en cualquier caso, le convenga mejor al asturiano Osorio y Zabala, que completó las exploraciones de Iradier en Guinea. Por cierto, que Baroja, tan sensible a las biografí­as de aventureros, escribió en repetidas ocasiones sobre Iradier, pero (y eso no dejó de llamarme la atención) no sobre el explorador africano, sino sobre el músico autor de «La paloma», algunas de cuyas composiciones fueron aprovechadas por Bizet.

Otro novelista, con menos arte para la aventura que el autor de «Las inquietudes de Shanti Andia» y «Zalacaí­n el aventurero», pero mucho más aventurero que don Pí­o Baroja, Vicente Blasco Ibáñez, hizo el retórico elogio de Ibarreta, proclamándole «caballero andante de la geografí­a, paladí­n sin miedo y sin tacha de la ciencia, varón de heroicas acciones, cuyas hazañas hacen recordar a los hombres de los primeros años del Descubrimiento».

Ibarreta habí­a nacido en Bilbao en 1859, en el seno de una familia burguesa (uno de sus tí­os fue uno de los principales fundadores del Banco de Bilbao).

Durante su juventud vivió en Inglaterra y Francia, malbarató una posible carrera militar a consecuencia de un duelo con pistola, y, finalmente, marchó a América del Sur, que serí­a, a partir de entonces, el escenario de sus aventuras y andanzas.

Ibarreta fue agrimensor en el Chaco, vivió con los indios en Paraguay y buscó oro en las montañas de Bolivia. Después de tomarse un paréntesis para luchar en la guerra de Cuba, regresó al Sur para explorar la cuenca del rí­o Pilcomayo y buscar el legendario Rí­o de los Pájaros.

La expedición de Ibarreta terminó trágicamente, y sólo dos de sus acompañantes regresaron con vida. A partir de este momento se hicieron algunos intentos para buscar los restos del explorador, y aquí­ interviene el asturiano Fernández Cancio, a quien José Antonio Dí­az describe como «un colono-explorador-aventurero que a la sazón contaba 30 años, un hombre enjuto y forzudo, con el rostro adornado por una larga barba y el cráneo completamente rapado. Cancio conocí­a el Chaco paraguayo como pocos, no en vano lo habí­a cruzado en múltiples ocasiones, durmiendo en las tolderí­as de los indios, a los que cambiaba sus pieles de tigre y plumas de garza por ropas, adornos vistosos y hierba mate».

Han pasado muchos años desde los dí­as de la busca de los restos de la expedición de Ibarreta. José Fernández Cancio tiene, en el momento de hacerle esta entrevista, 89 años. La barba es completamente blanca, pero continúa rapándose el cráneo y su mirada sigue siendo viva, entre el laberinto de arrugas en que se ha convertido su rostro. Le preguntamos por Ibarreta y nos contesta con un gesto de cansancio.

-Si quiere que le diga la verdad, Noriega, a lo largo de casi noventa años de vida hice otras muchas cosas que buscar los restos de Ibarreta. í‰ste se perdió hacia 1898, si no recuerdo mal. Unos años más tarde, en 1901, también se perdió en la selva paraguaya el explorador y pintor italiano Guido Bogniani, y me encomendaron a mí­ también su búsqueda.

-¿Y tuvo más suerte que con Ibarreta?

-Más o menos, la misma. Encontré sus restos. Ahora bien, que hayan aparecido sin vida no fue culpa mí­a. Yo supuse dónde podí­an estar, y allí­ estaban. He escrito mis memorias, y en ellas doy detalles muy precisos sobre aquellas expediciones.

-¿Y cuándo se publicarán esas memorias?

-No lo sé. De momento, están inéditas. Yo bastante hice con escribirlas. Pero no me siento con humor para tratar con editores, que, según tengo entendido, sólo piensan en engañar al autor.

-¿Cómo murió Ibarreta?

-Se ha especulado mucho sobre su muerte, pero yo conozco la verdadera versión, que le escuché a un indio toba llamado Cotalatée. Le mató un indio llamado Danasagaí­, golpeándole con una macana de palo muy duro en la cabeza. Pero quien urdió todo aquello fue un indio muy malo llamado Juancito, que hablaba algo de español. También mataron aquellos salvajes a un niño y a dos peones. Yo tení­a noticia de aquella tragedia por rumores escuchados a los indios tobas, que traficaban con pieles y plumas, y que insinuaban que los indios pilagás habí­an dado muerte a cuatro cristianos en Estero Patiño. Aquellos rumores me los confirmaron unos indios pilagás, que acudieron a mí­ para canjearme por alimentos una cartera de viaje, una escopeta herrumbrosa y algunas balas de winchester. Entonces no me cupo duda alguna de que aquello era lo que quedaba de la expedición de Ibarreta.

-Hablemos ahora un poco de usted. ¿Cuándo marchó a América?

-En 1887, recién cumplidos los 17 años de edad. Habí­a nacido en Taramundi, en el año 1870, y hasta venir a Rí­o de la Plata no habí­a salido de la aldea.

-¿Y ya traí­a el propósito de hacer de la selva americana su casa?

-No. Cuando uno se va a América, en principio, no sabe muy bien a qué va. Lo mismo pudieron haberme salido mal las cosas y haber tenido que regresar a casa y ser, a estas fechas, un aldeano de Taramundi. Lo que no me hubiera desagradado, vaya por delante. Pero las cosas me fueron aceptablemente bien, y mi vida marchó por otros derroteros. Primero me establecí­ en Montevideo, hasta 1891, que subí­ hasta Asunción de Paraguay, porque habí­a oí­do decir que se ganaba buen dinero a cambio de ser decidido. Allí­ viví­ dedicado al tráfico con los indios, hasta que me enteré de que el Gobierno argentino ofrecí­a tierras fiscales en concesión al suroeste del rí­o Pilcomayo. No lo pensé dos veces, tomé en arrendamiento treinta y dos leguas de una concesión en propiedad que habí­a obtenido una familia húngara y luego añadí­ a la concesión cuarenta y dos leguas más, que eran propiedad del abogado José Mones Cazón, hijo de un asturiano llamado José Mones Friera. Por lo que nos entendimos en seguida en lo que se refiere a la concesión, aunque él, como digo, era abogado. Esta propiedad habí­a pertenecido a una famosa casquivana, madame Lynch, que habí­a sido la querida del general Francisco Solano.

-¿Y qué hizo con esas setenta y dos leguas?

-¡Pues qué habí­a de hacer! Colonizarlas, sin cobrar un centavo de arrendamiento a los pobladores, gracias a lo cual establecí­ relaciones muy cordiales con los caciques Takaldí­ y León, que encabezaban más de mil quinientos indios tobas. Abrí­ sendas y caminos, construí­ canales de riego, y exploré el rí­o Pilcomayo hasta el paraje llamado por los indí­genas Galaganit, donde fundé una colonia el 12 de julio de 1892, a la que di el nombre de Clorinda, en homenaje a Clorinda Pietranera de Bossi. Posteriormente, hice plantaciones de tabaco y frutales, abrí­ el primer comercio de ramos generales en Clorinda, instalé la primera desmotadora de algodón de la región, fundé escuelas que doné a los colonos, mandé construir casas para oficinas públicas y fundé el primer banco que funcionó en la cuenca del rí­o Pilcomayo. Por iniciativa mí­a, unos frailes franciscanos se establecieron en la misión de Tagagle. También organicé ganaderí­as e introduje las primeras vacas de ordeñé en la selva, resultando tan próspera la industria láctea que hubimos de abrir un establecimiento en Asunción de Paraguay para comercializar los productos.

-Como asturiano, es natural que se haya interesado por la leche y sus derivados.

-¡Claro!

-En fin, don José, me deja usted anonadado.

-No es para tanto. Sólo hice cuanto estuvo a mi alcance para colonizar las tierras que se me habí­an confiado.

í‰ste es José Fernández Cancio, el asturiano del rí­o Pilcomayo. Es lamentable que, con lo mucho que se está publicando en Asturias (y no todo bueno), las memorias de este hombre de acción continúen inéditas.

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